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EL PELADERO

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De pie, en plena calle, con la vista fija, latiendo por dentro y por fuera, como si recorriera decenios en segundos…

Su mente atropellada con recuerdos que revoloteaban, saltaban y volaban dentro suyo, creando historias nuevas en el medio de toda aquella confusión.

Su cuerpo inmóvil, sintiendo un dolor inconmensurable, contemplando el lugar más importante de su vida hecho pedazos, como un desterrado de alma que vuelve incontables veces sin poderlo evitar…

A donde ya no pertenecía. Pero donde se encontraba su corazón.

Y era tan extraño verlo contemplarlo aquel sitio eriazo, donde nada quedaba en pie. Pero no hacía daño a nadie. Qué más daba, ver un loco más. La mirada perdida, como tantos.

UN MILLÓN DE HORAS

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Cuando tuvo que abreviar las cosas más importantes por las que pasó en esas horas, sólo pudo recordar aquellos momentos que siempre le traían lágrimas: la pérdida de sus muelas, y de Angel.

Y no era idea suya hacer estas cuentas, qué iba a saber ella a sus años. Pero pasó por casualidad, que se enteró de semejante barbaridad. Por un vecinito suyo, de apenas cinco años, que le ofreció sacarle la cuenta.

Un millón de horas vivdas.

Miraba sus recuerdos, con ollas humeantes, lana para armar colchones, pisos de madera por virutillar… toda su vida habían sido ese par de manos, las que llenaron sus días de un sinfín de cosas por hacer. Para ella, para su marido, para su hijo Angel.
Y entre ese ir y venir, atendiendo y sirviendo, no alcanzó a pensar en lo que su vecinito llevaba al dedillo.

Un millón de horas.

Y si bien sentía algo de vergüenza por no haber estudiado una profesión, y por haber perdido a su marido en brazos de otra, sabía que nada de lo hecho fue en vano. Y la razón no era explicable con palabras, no… era algo que sentía muy dentro de su corazón, que le decía que todo estaba bien. Que lo hecho y que aún seguía haciendo estaba bien.

Era esa energía extraña y especial que la levantaba antes de las ocho de la mañana, a limpiar la acera de su casa. Lo primero para mantener equilibrio y orden en su casa. Su orgullo delante de sus vecinas… esa acera siempre limpia, ese jardín siempre pulcro.

Y así fue que me la encontré aquella tarde. Con energía para regalar, una viejecita encorvada, barriendo con ahínco esa pulcra acera.


Todo un mundo. En un millón de horas.

EL PAÑUELO PERDIDO

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La señora Rosales lloraba por su pañuelo perdido, con tanta pena que incluso quienes nada la conocían sentían tristeza por ella. Apenas ocurrió el atraco, varios transeúntes se acercaron a auxiliarla, y una vez conocidos los hechos suspiraban y hacían aquella mueca tonta, boca abierta, que quería decir: ¡qué pena! o ¡a mí qué me importa!

Ella no pensaba en eso. Tampoco en las monedas de plata que tenía guardadas en su bolso perdido, no… ni siquiera se acordaba que tenía puesto un zapato menos que lo usual o que las medias se le habían bajado hasta los zapatos con la agitación…

Pensaba en otros tiempos. Pensaba en ese invierno, cuando compartió risas al inicio discretas junto al calor del brasero, y luego sendas carcajadas. Pensaba en los saraos que compartieron, en los disgustos que tuvieron con sus tan distintos gustos culinarios. Pensaba en las cartas. Pensaba en cuando fue feliz.

Y pensaba en lo único que le había quedado de aquellos años, luego que los malentendidos consecutivos los terminaron alejando tanto…

La distinguida policía de la ciudad la escoltó en su carruaje con solicitud y cortesía a su casa, donde pudiera descansar del shock sufrido, todo ello encarnado en la compañía del mayor de los conscriptos. Él, guiado por su poca vista, cayó consecutivamente en uno y otro bache de la avenida principal… tras el incómodo viaje, el mayor sugirió a la señora tomar una hierba para los nervios y dedicar el resto de la tarde a descansar.

Obediente, siguió los sabios consejos de la autoridad, tras referir entre lloriqueos desesperados toda la aventura a su marido y fiel ama de llaves.

Y luego se puso a recordar el día en que, tijera en mano, y para evitar más enredos, quitó el anagrama que tan galantemente decoraba aquel pañuelo. Hilo tras hilo, el corazón hecho hebras, hasta que sólo su recuerdo lo viera esplender.

Pasaron largas las horas de esa noche, escuchó tumultos, ayes y algazara. Escuchó su nombre, su risa, los carruajes entre los cuales lo vio partir aquella última vez.

Por la mañana y tras las tareas rutinarias en su hogar, supo de la visita especial. Un campesino, sencillo e ignorante, que por casualidad encontró el bolsito, sin monedas…

Pero con el tesoro aquel que creyó finalmente perdido. Se sentó en el suelo producto de la impresión, se quedó mucho rato en silencio, lloró amargamente… se recompuso, limpió su rostro, arregló su moño, y agradeció.

Por haber vuelto a vivir.

UN HOMBRE, SU FORTUNA Y EL AMOR

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Definitivamente la cría de aves exóticas no era lo suyo. En un emprendimiento, con la primera crianza terminó de matar sus ahorros, y con las dos siguientes terminó de gastar el tesoro familiar… a pesar de tantos esfuerzos…

Después de un merecido viaje al medio oriente para pasar las penas y olvidar las preocupaciones, decidió comenzar todo de nuevo… sin rendirse esta vez, aunque el mundo se le viniera encima.

Así nació el comercio de corazones vía internet… su página desplegaba a todos los vientos las bondades de conocer una pareja sin usar más que un clic del mouse. Y prometía grandes encuentros cargados de romanticismo.

Las primeras semanas el negocio no tuvo mucho movimiento, salvo la temible intentona de aquel hacker por hacerse famoso a costa de sus múltiples links multicolores… tras salvar casi con heroísmo el artero ataque, las cosas fueron viento en popa para él, y con esto salvó el orgullo de su rancia familia.

Finalmente el reconocimiento social comenzó a llegar cuando una estrella rockera declaró haber usado su página para citarse con una dulcísima princesita mapuche. Así su fama se fue a los cielos.

Ah, la paz, qué bien tan preciado… las horas se pasaban lentas y pausadas, todo el caudal de dinero despilfarrado volvía con quieta calma a su desvencijada caja de valores… todo menos… todo menos…

La primera entrevista a un programa fue un matinal, si bien el esfuerzo por presentarse allí tan de mañana fue grande, la recompensa valió absolutamente la pena… todos sus bienes perdidos, de regreso a su justo propietario… todo menos… todo menos…

Camino por su parcela de agrado, despejando la mente con un buen puro y la compañía de sus canes de fina raza, comenzó a dibujar el camino para volver a recuperar lo que tanto anhelaba… esa hermosa cabellera negra, amazona, que se había perdido entre los maizales hacía tanto… cómo recordaba el tibio aroma de su aliento, las manos pequeñísimas, los pasitos ligeros… tenía que recuperarlo, tenía que volver el tiempo…

Decidido a buscar su pista, se sentó a conversar con el mayordomo, a la sombra del inmenso álamo… preguntando con desgano y aparente desinterés, logró averiguarlo todo…

Fue a buscarla una tarde de sol, mientras la arena parecía hervir a la vera del camino. Se puso una camisa tan sencilla como pudo y vistió su corazón de recuerdos juveniles. Ella lavaba, con energía y desenfreno, botando sus males en los golpeteos contra la ropa. Al principio no se percató de su presencia, tan distinto se le hizo a la luz de la riqueza. Y cuando lo conoció le dijo lo que tenía por decir, que su fortuna lo había hecho un desconocido para ella, enferma y débil por la mala vida. Que no tenía sueños en el corazón, sino obligaciones para con los suyos que la habían transformado en una esclava del deber.

Él entendió todo, pero su corazón se destrozó. Fue creciendo su orgullo, la miró con los ojos de su aristocracia y la desdeñó, pues qué poca cosa era entre tanta miseria.

Decidió darse por vencido en ese mismo instante. Porque a pesar de su fortuna, hay cosas que su dinero nunca podría comprar.

EL TIFUS O LA ENFERMEDAD ASESINA

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Cuando las marcas del tifus trajeron las sombras y llanto a casa de Ambrosio Zambrano, él se quedó en silencio. Pero no en aquel silencio cómplice de quien aguarda funestas noticias, no… se puso a pensar profundamente en cómo se enfrentaría a este adversario que pretendía quebrantar la paz de su hogar.

Salió de casa, rumbo a las caballerizas. Ahí, en un rincón perdido, tenía su espacio creativo donde guardaba sus herramientas, y éstas cuando estaban en sus manos siempre le traían ideas frescas a la mente. Así, pues, comenzó a divagar, la vista puesta en el universo, el olfato puesto en las heces mamíferas y las manos en sus herramientas favoritas. El sonido de los relinchos traían chispazos de luz a su febril mente, pero nada hubo ese día que pudiera servirle. Al final, y como hacía siempre, tomó nota de algunas ideas en su libraco de registros, guardó ordenadamente sus cosas y se dispuso a continuar con su rutina crepuscular.

Mirando la extensión de su cosecha, el viento que rozaba los árboles, Ambrosio se preguntó por dónde es que había llegado esta infamia a su pequeño hijo… entró a casa, pensando en todo momento en las rutinas de la familia… recordó a los gemelos Santos, que habían padecido un resfrío hacía no mucho… luego pensó en Ana, que constantemente viajaba hacia el pueblo y podía haberse contagiado, pero luego recordó su cara regordeta y su risa cantarina…

Mercedes y Ana permanecían en la cabecera de la camita de Romualdito, perdidas ambas en sus acompasadas plegarias, rezando con fervor por la salud del pequeñito… su oscura cabellera se perdía entre los encajes de las almohaditas con que lo habían acomodado. La fiebre lo mantenía en un cantito permanente, que cambiaba de tonalidad según lo molestaran las incontables ronchas con que estaba marcado su cuerpo…

La mañana siguiente no fue diferente. Ambrosio se levantó de madrugada, como de costumbre, a ver los animales y pensar en la solución para que su hijo mejorara. Mientras revisaba las ubres de sus vacas, pensó en las enfermedades que ya había padecido en su vida, qué rutinas podrían estarle haciendo daño a su hijo… estaba convencido que la solución estaba al alcance de su mano, que la idea le vendría y por muy loca que fuera le permitiría salvar la vida de Romualdo, su retoño.
Pasó parte del mediodía observando cómo todo tipo de animales de su estancia cuidaban a sus crías, tratando de aprender el código… por más que recabó información y consultó sus herramientas, la respuesta no le llegaba…
A pesar de no ser un hombre creyente, cumplía con todas las procesiones y fiestas santorales… en esos aciagos días coincidió la fiesta del patrono del pueblo, con su sombrero bien apretado en su mano se dedicó a observar, más que el fondo, la forma, la mente puesta en sus ideas… vio subir a los pies del Altísimo las plegarias decoradas con los humos santos, recordó el vapor de las mañanas frías de esos días y el suave aroma que rezumaban los toneles de leche que cada día guardaba tras la ordeña… entonces creyó encontrar la solución.
Tras las bendiciones, pidió a Ana y Mercedes que lo acompañaran junto al lecho. La habitación estaba cargada del aire infestado de aquella purulencia, que sin notarse ya se estaba apoderando de todo el hogar… tomó a Romualdito en sus brazos, notó con pesar cuánto había disminuido su cuerpecito esos días… le colocó en un sofá “tu y yo” colocado a un costado del salón contiguo a su habitación, hizo un atado con todas las ropitas y procedió a quemarlas…

Ambas mujeres contemplaban con espanto la locura de Ambrosio, con sus rosarios invocaron ayuda divina a esta locura temporal… vieron el humo llenar el ambiente, ayudaron casi involuntariamente en la preparación de un barril lleno de agua del pozo, la que calentaron como si viniera del infierno mismo… recogieron con pavor sus faldas cuando vieron a Ambrosio llenar el tinajo con aquel brebaje casi maldito, y gritaron descontroladas cuando el cuerpo de Romualdo fue untado con esa misma agua… de dónde había venido una maldición tal para la familia, perder a ambos varones, enfermedad y locura…

Pasaron tres noches de insomnio, recordando las imágenes de aquellos extraños procedimientos que Ambrosio repitió con calculado ahínco… días extraños en que ideas de otro mundo parecían haber tomado posesión del dueño de casa… Al cuarto día de horror, los sonidos del caballo del cura del pueblo resonaron en la finca con menos fuerza que la voz potente de Romualdo, que había por fin vencido la fiebre. A los pies de su lecho yacía su agónico padre, que no sólo le heredó la granja sino también su pasión por la ciencia y la solución al pediculus corporis, trasmisor del asesino tifus. Al que venció mediante higiene.
Un sencillo monolito aún recuerda su heroica lucha, perdido entre las matas de hierba buena.

LA MAR

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En su carta venía un tesoro. Los recuerdos de otros días, cuando podía contemplar en el rostro amado esa alegría y belleza propias de la juventud...

Concentró la mirada, desde la inmensidad del baile de las olas, a la grafía menuda y grácil de Esperanza... con cada sílaba, sentía rejuvenecido el corazón, sentía la tibia presencia de ella con tanto realismo, que hasta con miedo leía al borde de la página, para no perder su figura...

Sentado en la popa del navío, detuvo su lectura obligado por el brusco movimiento de la mar. Su gris mirada se detuvo en un punto distante, meditando las palabras de Esperanza, imaginando esa tibia mano moviéndose en perfecta armonía con la pluma, oyendo los acompasados sonidos de ese amado corazón... cerró los ojos para hacerse parte del cuadro, pero los demás pasajeros lo trajeron de vuelta hasta la cubierta. Sacó su pipa, la cargó de tabaco con lentitud, casi con esmero, y tras una profunda respiración, se paseó a través de las aletas de babor y estribor. Los niños que corrían se quedaban mirando las figuras que dejaba el humo, dando unos gritos que por momentos alejaban a Esperanza de su lado. Mientras el cielo miraba amenazante.

Las horas se sucedieron, siguiendo el vaivén de la embarcación que acunaba en sus entrañas el secreto de este inmenso tesoro... hasta que al fin llegó la noche y la soledad que Moisés deseaba tanto. Aún con la cena a medio digerir, salió con paso juvenil hasta la cubierta. La oscuridad se hacía cómplice de sus intenciones, fijó la mirada en los pasamanos para tenerlos como referente, se plantó al centro de la cubierta, comenzó a tararear esa querida melodía y a mover manos y pies, en una danza dulcísima, anhelada y silente...

La mar cantó sus amores, aquellos más húmedos y fatales, mientras Moisés se abrazaba con su amada. Ningún pasajero lo vió, todos se ocultaron de la fría y horrible tormenta que se llevó consigo a aquel extraño anciano de pipa. Del tesoro, sólo quedó el recuerdo. Un recuerdo que tomó forma y carne en las olas vivas que vinieron al encuentro de esa llamada de amor. Porque al final, Moisés y Esperanza se hicieron uno en el cuerpo violento de la mar. Donde siempre quisieron vivir.

MALDITA

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Maldita... que fuerte palabra...

Más si está dicha desde el fondo del corazón, como la respuesta a una relación donde debió existir sólo amor...

Maldita... así la definió él entre sus delirios, cuando la fiebre le permitía dar un suspiro a las mil burbujeantes ideas que conectaban aún sus neuronas... todo cambió del dulzor de la miel al horror marcado cual cicatriz, cuando lo supo...

Conocerse y quererse fue como un chasquear de dedos, a pesar de que no era prudente las cosas iban tan rápido que lo único por pensar era el evitar apartarse uno del otro, cómo pudo cambiar tanto... conseguirla no fue fácil, los ancianos le aconsejaron, la luna no era favorable...

Los meses se sucedieron con la rapidez del viento, tan pronto fueron amigos, como novios y finalmente marido y mujer. Todo un sueño, cada día, todos los días... Hasta que llegó esa carta. Su nombre, escrito con puño fuerte, trajo la sombra al rostro de ella y llenó de dudas el corazón de él. Tras la conversación, todas las aguas se aquietaron, pero las miradas de ella no podían mentir...

Tras un año de amarse, comenzó el calvario... noches perdidas, levantándose una y otra vez, pensando en qué estaba pasando, por qué tardaba tanto en la cosecha, por qué salía antes del amanecer, a quiénes vendía los productos de la granja que la apartaban tanto de su lado...

Hasta que lo supo. La vio, tomada de la mano, con aquel extraño hombre, saliendo del establo... ella alzó la vista y también lo vio, la canasta que llevaba en su mano cayó a sus pies y un grito ahogado se perdió en su pecho...

Solo entonces recordó todas esas advertencias. Que esa mujer, por muy bella que pueda ser, no conoce el amor... o mejor dicho, no sabe amar solamente a uno... patrañas, eso puede cambiar. Todos esos recuerdos, el fuerte propósito de cambiarla se desvanecieron por completo cuando la volvió a ver... y así se sucedieron las salidas, los paseos, las ausencias, los comentarios...

Hasta que la sombra de ese ingrato amor lo empujó por aquella senda sin rumbo, tan a la mano... pensando en su aroma comenzó a comer aquellos frutos, uno tras otro, descontroladamente, hasta que olvidó donde estaba...


Maldita... susurraba en su lecho de muerte, mientras ella lloraba lagrimas de sal sobre su pálido rostro. Maldito corazón, maldito rostro angelical. Maldita... historia de amor.

AMOR OTOÑAL

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Mi muy adorado Remigio:
Te escribo esta notita desde mi amarga soledad. La tristeza se ha apoderado de mi alma, y sólo tú eres el responsable.
¿Recuerdas aún, Remigio, la última vez que nos vimos? Te portaste tan mal contigo, me dijiste tantas cosas horribles, que el pensar siquiera en ellas me trastorna y hiere. Siempre te he amado, Remigio, y el que me digas cosas como que ya no me amas a mí, sino a otra, que lo mejor sería terminar con todo, que nuestros destinos jamás estuvieron unidos, que se suele confundir amor con atracción, que la juventud es ¡tan soñadora!, que una hermosa amistad será lo que de hoy en adelante nos unirá…
¡Ay Remigio, mi Remigio del alma! Después de escribir nuestros nombres unidos en el árbol más antiguo de ese centenario parque, después de besarnos bajo la frondosa sombra de aquel sauce, después de haber recibido la bendición de la primavera, después de todo eso, Remigio, pretendes que te deje. No, mi amadísimo, no puedo hacerlo. Todo lo que nos pasó significó demasiado para mí, tanto que es lo único que hoy queda en mi memoria. Nada podrá cambiar aquello, Remigio, ni tus explicaciones, ni mi soledad, ni el vientre latiente de tu nuevo amor. Cada día que pase será una grandiosa experiencia por revivir el amor de ayer, el amor que jamás morirá, el amor otoñal transformándose en primavera. Ven conmigo al futuro, mi dulce Remigio, y verás los hermosos momentos que esperan ser vividos, la sonrisa amplia que jamás desaparecerá de nuestras bocas, los excepcionales frutos que nos dará la naturaleza, la hermosura de nuestro castillo encantado. Hay tanto por vivir, amor mío, que pensar en un final es algo imposible. No somos dueños de nosotros mismos, ni de nuestros destinos tampoco. El camino a seguir ya está trazado, sólo hay que seguirlo.
Y esa es mi misión eterna, lograr que ese camino sea recorrido hasta el final. Si tú no vienes, Remigio, te llevaré conmigo de todas maneras. Tengo certeza del momento en que nadie me vigila, y la forma en que escaparé para llegar a ti, con el hermoso presente de mi amor eterno y esta pequeña amiga mía que me ayudará a convencerte del todo… Entonces, cuando nos reconciliemos, mi soledad se transformará en la cálida figura que tanto amo, mi silencio se trocará en una melodía maravillosa, mi corazón palpitante latirá por ambos, y con una amplia sonrisa que jamás desaparecerá veremos al amor otoñal transformarse en primavera.
Tuya para siempre,
Elena.