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UNA VIDA PERDIDA

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Le caían las lágrimas sin poderlo contener. Contemplaba su nombre, escrito con tan bella tipografía en un lugar tan insigne. Pero no era eso lo que le causaba tal emoción.


No podía creer que, habiendo sido en vida clarividente, terminó siendo un fenómeno paranormal. Y al que nadie parecía notar.



EL CAMINO EQUIVOCADO

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Las manos sucias con sangre, una sangre viscosa que se empeña en derramarse sin control... las ideas le gritan en su cabeza, no logra mantener el orden en su alma, solo quisiera escapar...

Aquella mañana todo fue una locura. El fin de semana dejó todo fuera de su lugar, motivo de sobra para demorarse triple... y el tiempo que en las mañanas es un valor... con el reloj en la mente cada minuto, sacó a la rastra a su hija de la cama, a su marido de la ducha y consiguió que todos se sentaran a tomar su desayuno.

En la mesa nadie permaneció mucho rato... su esposo comió rápido, la vista en el televisor; su hija Camila sorbeteó la leche hasta terminarla, y se levantó dando masticones a aquel pan con queso tan esmeradamente preparado...

Cada segundo, tan valioso en su momento, pero ahora... no se acordaba de nada, su vida la habían cortado con un filo tan acerado, que lo anterior era nada, solo un tumulto de momentos desgraciados que ni siquiera lograba encajar.

Ya se estaba curando de los nervios por la salida, tenía planeados exactos los minutos que debía demorarse tras dejar a su hija en la escuela, la calle que debía tomar... al menos podia elegir qué escuchar, algo alegre que la despegara de su rutinario viaje...

Fue entonces cuando pasó. El golpe fue fortísimo, no podía dejar de recordarlo a cada momento... se le había pegado en el cuerpo, así como la sangre... por qué no dejaba de brotar!!! tenía que encontrar alguna manera de reparar el daño, debía haber alguna forma, quizás esto no estaba pasando en realidad...

De todos lados manaron personas y más personas, todas gritando, pidiendo explicaciones, preguntando, llamando a una ambulancia... ella no sabía dónde ponerse, a quién mirar, ni tampoco a quién recurrir... sólo veia esa sangre derramándose, manchándolo todo, robándose la vida de ese hombre a quien jamás había visto, ni quería volver a ver...

Al llegar la policía, acordonaron el sector para dejar fuera a los intrusos. Luego, buscaron testigos del accidente. Uno de ellos dijo que la mujer venía distraída mirando hacia el lado y por eso no vio al hombre cruzar; otros dijeron que el peatón había cruzado con imprudencia tras la micro... en cuanto a la conductora, no decía palabra, sólo estaba ahí con el rostro desencajado, perdida la mirada en la sangre...

Cuando al fin llegó la ambulancia, ella pudo saber que ya no había remedio... pensó entonces en Camila, en su casa, en sus conocidos... en la cárcel... quiso morirse, pero no había manera... por qué tuvo que pasar por ahí, por qué no alcanzó a frenar... y esa sangre, ni siquiera notó cómo se había manchado tanto... ya todo se había terminado...

La policía incautó el vehículo y a la conductora, pero debieron esperar al fiscal para que diera las órdenes y decidiera el destino de ella... ni siquiera notó cuál de ellos era, sólo veía un grupo de personas que se movían sin motivo. Y sólo sentía aquel golpe. Ese sonido que la movía por entero, y que la aterraba.

Su esposo llegó para acompañarla en todos los trámites, cuando lo vio se lanzó a sus brazos a llorar desconsoladamente, pero sin decir nada... qué podía contar, si ya nada tenía de lo que habia construído en sus años de vida. La interrogaron varias veces, diferentes personas, pero ella no salía de la conmoción...

Al fin pudieron irse a casa, pero ya nada podía ser lo mismo... hasta los colores eran diferentes ahora, el aire estaba infectado con la sangre aquella... en apenas unas horas sentía cuánto había envejecido, no se miró al espejo porque no quería verse, sólo quería escapar...

Aquella noche fue horrible. En todos los sueños, en todo segundo, volvía a gritar, volvía a ver la sangre, saltaba por aquel espeluznante golpe, veía aquel cuerpo... la rodeaba una muchedumbre, que la arrinconaba, y la acosaban a preguntas... se agitaba en la cama como una loca, quería despertarse pero el estar consciente era peor aún... sentía a la muerte rodeándola, señalándola y riéndose, ya no sabía si temerla porque nada podría ser más monstruoso que esto...

Pasadas tres noches de delirio, se despertó y tomó una decisión. Ya no quería seguir adelante, no podía, tenía que acabar con la pesadilla que le estaba devorando el alma entera. Dejando toda la lógica atrás, subió al auto de su esposo, lo sacó en silencio y se fue a la calle... hizo el recorrido exacto nuevamente, pasó por el preciso lugar donde todo sucedió, esta vez mirando al frente y no a la radio... traspasó el lugar señalado, con una mueca de alivio, gritando con todas sus fuerzas... ¡lo hice...! ¡lo hice...! hasta que se detuvo en aquel poste...

La muerte caminó por su lado, pero la eludió distanciándola con su brazo estirado. La dejó sola, para que otra vez viniera la ambulancia a cambiar nuevamente el rumbo de su vida, y la liberara de los tormentos de esta vuelta de mano. Para que pudiera sentirme víctima y no victimaria. Al menos esta vez.

LA MAR

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En su carta venía un tesoro. Los recuerdos de otros días, cuando podía contemplar en el rostro amado esa alegría y belleza propias de la juventud...

Concentró la mirada, desde la inmensidad del baile de las olas, a la grafía menuda y grácil de Esperanza... con cada sílaba, sentía rejuvenecido el corazón, sentía la tibia presencia de ella con tanto realismo, que hasta con miedo leía al borde de la página, para no perder su figura...

Sentado en la popa del navío, detuvo su lectura obligado por el brusco movimiento de la mar. Su gris mirada se detuvo en un punto distante, meditando las palabras de Esperanza, imaginando esa tibia mano moviéndose en perfecta armonía con la pluma, oyendo los acompasados sonidos de ese amado corazón... cerró los ojos para hacerse parte del cuadro, pero los demás pasajeros lo trajeron de vuelta hasta la cubierta. Sacó su pipa, la cargó de tabaco con lentitud, casi con esmero, y tras una profunda respiración, se paseó a través de las aletas de babor y estribor. Los niños que corrían se quedaban mirando las figuras que dejaba el humo, dando unos gritos que por momentos alejaban a Esperanza de su lado. Mientras el cielo miraba amenazante.

Las horas se sucedieron, siguiendo el vaivén de la embarcación que acunaba en sus entrañas el secreto de este inmenso tesoro... hasta que al fin llegó la noche y la soledad que Moisés deseaba tanto. Aún con la cena a medio digerir, salió con paso juvenil hasta la cubierta. La oscuridad se hacía cómplice de sus intenciones, fijó la mirada en los pasamanos para tenerlos como referente, se plantó al centro de la cubierta, comenzó a tararear esa querida melodía y a mover manos y pies, en una danza dulcísima, anhelada y silente...

La mar cantó sus amores, aquellos más húmedos y fatales, mientras Moisés se abrazaba con su amada. Ningún pasajero lo vió, todos se ocultaron de la fría y horrible tormenta que se llevó consigo a aquel extraño anciano de pipa. Del tesoro, sólo quedó el recuerdo. Un recuerdo que tomó forma y carne en las olas vivas que vinieron al encuentro de esa llamada de amor. Porque al final, Moisés y Esperanza se hicieron uno en el cuerpo violento de la mar. Donde siempre quisieron vivir.

ENCUENTROS

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Frente a frente. Cara a cara, al fin, después de tanto tiempo. Según ella, había pasado demasiado, porque contó 6.935 noches. Pero ni siquiera recordaba que le había tenido tan cerca, que casi se había convencido con su larga perorata, que por poco se había ido tras él; nada de eso cruzaba su mente. Fue mucho más tarde cuando recordó, una vez que él volvió a su lado, que se rió en su cara, que le susurró al oído, que se llevó su tesoro antiguo de colores y recuerdos. Sólo entones notó el ridículo papel que hacía; quiso matarlo y gritó muy alto, pero era inútil. Contó 3.468 noches más (en las que no dejó de llorar) y se sentó a esperar su nueva llegada. Inevitable.
Mientras tanto, él se dedicaba despreocupadamente a robar más y más tesoros. Algunos eran tan pequeños que se perdían en sus huesudas manos, y en otras ocasiones pequeñas fortunas se le metían entre los ojos pidiendo ser robadas. ¿Qué hacer? Ese era su destino, y en asuntos de suerte (él lo sabía bien) no vale ninguna excusa; no iba a hacer una excepción por una miserable muchachita que le rogaba de rodillas no acercarse a su tesoro. La vigilancia policial no corre en estos casos, así como tampoco las lágrimas que salen del corazón, ni los canjes por joyas de fantasía, ni nada.
Juntos nuevamente, como si fuera la primera vez. Ella maldiciéndolo, él riéndose de su ingenuidad. Y el actor principal del drama desaparecía, sin avisar, tras el arcoiris. Y es que pasa siempre. Pero esté donde esté, ese tesoro jamás dejará de brillar.

LA DESPEDIDA

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Una delicada sombra cruzó el umbral aquella noche. Adentro todos estaban descansando, dormidos. Caminó con delicadeza, sintiendo las acompasadas respiraciones. Se detuvo frente a cada rostro, contemplándolo como si no lo hiciera desde hace una eternidad, y recordando tantos momentos que habían formado su antigua historia. Hizo un leve movimiento para tocarlos, pero recordó que era sólo una sombra… entonces se puso a colgar colores y melodías en los muros, decoró cada silla y cada puerta con rosas de ternura, vistió las ventanas con cortinas hechas con risas de antaño, y dejó trocitos de alegría bajo cada almohada…
Cuando todo estuvo decorado, se detuvo a admirar su regalo de amor… nada recordaba del accidente, nada recordaba de su cuerpo destrozado, ahora sólo respiraba este instante, esta ocasión para volver a los suyos. Una fuerza que venía desde sus entrañas le hizo avanzar hacia el umbral, por donde había entrado… volvió la vista, susurró muy suavemente unas palabras mágicas y se deshizo en la oscuridad.
Justo en el momento en que el teléfono comenzó a sonar para despertar a todos.